
Cuando el Terror se vuelve Cotidiano
Autor: Brunella Garofalo
En pocos años, Ecuador ha atravesado cambios profundos, marcados por una criminalidad cada vez más presente y violenta. Este panorama ha obligado a la ciudadanía a entrar en un proceso de adaptación forzada, donde vivir con miedo, modificar rutinas y "acostumbrarse" a lo impensable se ha convertido en parte del día a día. Surge así el fenómeno conocido como agotamiento cívico, que refleja una fatiga emocional colectiva y evidencia que la violencia dejó de ser excepcional para convertirse en un elemento constante en la ciudadanía ecuatoriana.
Nos hemos adaptado al riesgo, a rutas, horarios, comportamientos en la calle y hasta la manera en que nos movemos en redes sociales, muchas veces sin siquiera cuestionarlo. Este cambio, profundamente político, reduce la capacidad de protesta y de exigencia por parte de la ciudadanía. Al normalizar la idea de que "no hay salida", se instala una sensación de rendición que termina beneficiando tanto a los actores violentos como a ciertos actores políticos. Mientras menos se visibiliza la violencia, menor es la presión sobre el Estado.
No podemos olvidar que, cuando los hechos violentos dejan de sorprender, también dejan de generar indignación social: disminuyen las marchas, las demandas de política pública y las exigencias a las autoridades. La normalización debilita la acción colectiva y consolida una cultura del miedo silencioso, donde la gente evita protestar porque teme las consecuencias. Esa pasividad también es política: cuando la ciudadanía retira su participación, el Estado queda sin contrapeso social.
Por ende se fortalece la idea de la "mano dura". Cuando la violencia se vuelve cotidiana, la población tiende a aceptar estados de excepción prolongados, militarización y medidas extraordinarias sin control democrático (cosa que ya se ha venido observando) La fatiga social reduce la resistencia frente a respuestas autoritarias, abriendo la puerta a políticas que no solucionan el problema de fondo.
La violencia extrema no solo mata cuerpos; también afecta la sensibilidad social y debilita la participación política. Cuando la ciudadanía deja de sorprenderse, también deja de exigir, y es allí donde la violencia se consolida como un fenómeno estructural y duradero.
Reconocer este proceso es fundamental para evitar que la normalización del terror se convierta en una condición permanente. La recuperación no depende únicamente de políticas de seguridad: también implica reconstruir la confianza en el Estado, fortalecer las instituciones y reactivar una ciudadanía capaz de indignarse, cuestionar y movilizarse. Solo así será posible revertir una realidad que, de manera silenciosa, ha intentado instalarse como lo cotidiano.
