El desgaste de la Comunidad Andina

13.05.2026

Autor: Gabriel Crespo

La guerra comercial actual entre Colombia y Ecuador ha obligado a la CAN a intervenir. Para comprender realmente el papel y la fuerza política de la Comunidad Andina, hace falta analizar su evolución histórica y su balance en la región.

El atentado septembrino en 1828 marcó el fin de una era. Simón Bolívar logró escapar por la ventana del Palacio de San Carlos en Bogotá de sus opositores. Lo que no escapó con vida fue su proyecto político que se había evaporado y cuyos cimientos comenzaban a desmoronarse.

La Gran Colombia nació como un ideal romántico, un plan ambicioso con tintes napoleónicos, un edificio independiente que a lo largo de su breve vida ya manifestaba fallos estructurales y pilares a medio cimentar. Para el último año de su vida, en 1830, a Simón Bolívar se le atribuiría la siguiente frase que revela el sentimiento de fracaso y pesimismo: "He arado en el mar y he sembrado en el viento…"

Existe una gran diferencia entre el Bolívar militar y el Bolívar político. Éste último logró ver en sus últimos años el callejón sin salida al que condujo su proyecto. Y no fue el único gran militar que logró visualizarlo. Sucre y José de San Martín también expresaron ese mismo disgusto. A partir de la fragmentación de la Gran Colombia surgirían conflictos entre los países andinos mucho más tangibles y cruentos. Aquello era el prólogo a la inestabilidad, al debate muchas veces violento de ideas políticas e intereses distintos, y al cultivo del gen militarista que caracterizaría más adelante a la región.

Tras una era violenta e inestable, el siglo XX llega con nuevas ideas de aproximación entre países de la región. Las dos Guerras Mundiales, la reactivación del comercio europeo y el cambio del valor oro al valor dólar como sistema monetario hegemónico impulsó un sentimiento de aunar fuerzas comerciales y competir en un mundo económico globalizado. Así, en la década de los 60 se gesta la estructura de la Comunidad Andina, un experimento que crearía una zona de libre comercio para países en vías de desarrollo en la región andina.

El año 1969, el Acuerdo de Cartagena, marca el nacimiento del Pacto Andino ratificado por los gobiernos de Colombia, Perú, Chile, Bolivia, Ecuador. El énfasis estaba en un punto que será clave para el funcionamiento del pacto: la integración subregional, es decir, la colaboración común de todos los miembros.

No obstante, las diferencias en los intereses y la resistencia indeleble al trabajo mutuo y asociación de cada Estado condujo a la llamada "década perdida" (crisis de los 80). El preludio del estancamiento se reflejó en la retirada de Chile en 1976 con Augusto Pinochet y, más adelante, en el rezagamiento de la iniciativa andina con plazos extendidos. A pesar de una breve recuperación optimista en los años 90, donde por fin se establece la deseada Zona de Libre Comercio y se reestructura institucionalmente el proyecto, los conflictos parecían aumentar.

En consecuencia, los Estados miembro aplicaban arbitrariamente decisiones o simplemente ignoraban resoluciones de órganos de la CAN, y países como Ecuador, Colombia y Perú comenzaban a negociar tratados bilaterales con EE.UU. mientras que Venezuela, que se había unido en 1973 y tenía un peso considerable en la trayectoria y soporte económico de la CAN, se retiró en 2006, siendo entonces una de las señales críticas del conflicto ininterrumpido dentro del proyecto andino.

Un ensayo interesante de Andrés Casas Casas y María Elvira Correa titulado "¿Qué pasa con la Comunidad Andina de Naciones?", busca explicar mediante teoría política los puntos de fallo dentro de la CAN. Usando la evolución histórica de esta organización subregional y conceptos políticos, comparten la idea de que los ejes conflictivos son dos: un problema de acción colectiva y un problema de diseño institucional. El incumplimiento de la mayoría de objetivos propuestos parte de factores como la primacía de enfoques e intereses distintos, las complejas situaciones políticas y económicas de cada país miembro y, sobre todo, la falta de fuerza coercitiva del engranaje institucional de la organización, cuyas resoluciones no se respetan por todos ni se incorporan dentro de una hoja de ruta común.

Es evidente que existe un desgaste gradual en la CAN, pero no por ello se trata de un proyecto muerto. Los puntos de fallo están ahí. Es la responsabilidad de cada Estado impulsar una cultura política que permita consensos y acuerdos mutuos para reactivar una idea legítima de unidad.


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