
No Importa de Qué Color Sea el Gato, Mientras Pueda Cazar Mejor.
Autor: Andres Liu-Bá
Durante décadas, Ecuador ha permanecido atrapado en una discusión improductiva: ¿más Estado o más mercado? ¿Intervencionismo o liberalización? ¿Privatización o estatización? Nuestra política se ha vuelto adicta a los binarios, incapaz de imaginar soluciones fuera de las fronteras ideológicas tradicionales. Pero mientras debatimos en abstracto, otros países avanzan con pragmatismo, guiados por una lógica más simple y efectiva: que las decisiones públicas deben medirse no por su pureza doctrinaria, sino por su capacidad real de producir resultados. Esa es, precisamente, la esencia del principio de Deng Xiaoping: "No importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones". No es una frase ingeniosa, sino un programa de gobierno. Y uno del que Ecuador podría aprender mucho.
Lo que demostró la experiencia china es que el desarrollo no depende de adhesiones ciegas a un modelo económico, sino de la existencia de un Estado capaz de conducir la transformación productiva del país. El llamado "capitalismo de Estado" de Deng no fue ni una traición al socialismo ni una capitulación ante el capitalismo liberal; fue una apuesta pragmática por un Estado fuerte que regula, planifica y corrige las fallas del mercado sin anularlo. El éxito de esa estrategia radicó en tres pilares: un Estado rector y no espectador, instituciones técnicas más allá de la disputa partidista y empresas estatales concebidas como motores económicos y no como feudos políticos.
Ecuador, en cambio, suele presumir de tener un "Estado grande", aunque pocas veces reconoce que ese tamaño no se traduce en fortaleza institucional. Nuestro Estado es amplio en burocracia, pero débil en capacidad. Produce trámites, pero no resultados. Tiene empresas públicas, pero las administra como botín. Gastamos más, pero no mejor. El verdadero debate ecuatoriano no ha sido entre más o menos Estado, sino entre un Estado eficaz y uno meramente decorativo. Y, hasta hoy, lamentablemente, prevalece el segundo.
Pensar un "capitalismo de Estado" al estilo Deng para Ecuador no implica copiar a China (no compartimos su escala, su cultura política ni su modelo de partido único), sino adoptar la lógica detrás de su éxito: fortalecer primero al Estado para luego fortalecer a la economía. Eso implica transformar a las empresas públicas en instrumentos productivos, crear un centro tecnocrático de planificación independiente del vaivén electoral, blindar políticas estratégicas para garantizar continuidad mínima, invertir en infraestructura y tecnología como motores, y atraer inversión privada sin renunciar a la dirección pública del desarrollo. Todo esto puede hacerse dentro de una democracia; lo que se requiere no es autoritarismo, sino claridad de propósito y madurez institucional.
El problema de fondo en Ecuador no es la ideología, sino la falta de proyecto. Cambiamos de dirección económica cada cuatro años. Cada gobierno llega a reinventar el país desde cero, desmantelando lo anterior y empezando un nuevo experimento. Mientras tanto, las naciones que lograron salir del subdesarrollo entendieron que la clave del progreso es la continuidad: un proceso sostenido, no un eslogan que muere con el siguiente gobierno. En esos países, el Estado actúa como conductor del desarrollo, no como espectador resignado ni como actor improvisado.
Por eso resulta tan pertinente recuperar la frase de Deng: "¿Caza ratones?" Esa debería ser la pregunta que ordene nuestra política pública. No si la medida es liberal, estatista, ortodoxa, heterodoxa o ideológicamente correcta según la moda del momento. La única vara válida es si funciona. Y hoy, la evidencia es clara: Ecuador necesita un Estado más fuerte, más técnico y más pragmático para poder construir una economía que supere el extractivismo, diversifique su matriz productiva y genere prosperidad sostenida con los recursos que poseemos y atrayendo capital extranjero.
Si queremos, de una vez por todas, dejar atrás el subdesarrollo, debemos abandonar el romanticismo ideológico y apostar por un proyecto nacional que combine mercado dinámico con Estado competente. Porque al final (y aunque nos cueste aceptarlo) no importa el color del gato. Importa que cace. Y en el caso ecuatoriano, importa que empiece a cazar mejor, más rápido y con un plan que dure más que un periodo presidencial.
